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Danilo Martínez Alonso*

Con mucha pena se observan en todos los sitios donde se soslaye, la existencia de residuos sólidos que, como acicalando las urbes modernas, bailan al son de los vientos a paso de andarín, por las calles de casi toda Nicaragua. El avispado crecimiento comercial, así como la acelerada marcha de la urbanización ha ganado paso a la capacidad de gestión y ejecución de las autoridades y de la población misma respecto al tratamiento y destino final de los desechos que se generan. Cifras conservadoras, manejadas por las alcaldías de tres ciudades del Pacífico nacional (Managua, Masaya y Granada) indican que la generación de desechos sólidos crece a razón mayor al 20 por ciento anual, acumulando residuos y formando una bomba de tiempo y contaminación que merece la atención, esfuerzos y solución en el corto plazo.

Dejando un poco atrás esa falta de iniciativa social y costumbre de depositar la basura en su lugar, el problema de los residuos se ha convertido en algo más grave y altamente peligroso. Ya no se trata del simple problema cultural de colocar la basura en su sitio, sino de dónde colocar los agregados de esos grandes volúmenes que se generan en las ciudades y qué tratamiento o destino final se les está dando.

Lo alarmante es que este no es un problema sólo nacional. Sólo en América Latina se generan más de 300,000 toneladas de basura diario. Empero, en algunos países de esta región se han dado a las tareas de encontrar mecanismos de control en la generación, tratamiento y aprovechamiento de los materiales, para proteger las fuentes naturales hídricas, superficiales y subterráneas, así como para imprimir un poco de eficiencia en la economía de la producción, a través de la industria del reciclaje y la optimización de recursos. El problema es que en Nicaragua se hace tan poco por reconocer el problema y menos aún en encontrarle una solución social, económica y ambientalmente factible.

Como estudioso de las cifras que miden el ritmo de ese anhelado crecimiento económico, así como del comportamiento de las principales variables y funciones que revelan la agilización e interacción de la economía nacional, me preocupa la sordera de las autoridades ante la necesidad de ejercer una política con visión de desarrollo sostenible. Y me refiero más a las municipalidades, pues, en éstas descansa la responsabilidad inmediata de las acciones de las células económicas y su destino. Por eso, ante este desastre latente, me debito a proponer respuesta, la que consiste inicialmente en reconocer las razones de la eclosión del problema. Primeramente debe reconocerse los pasos gigantes del avance urbanístico moderno, y con ello los vestigios de su abrumador sistema del consumismo. Este fenómeno fortalece la generación de desechos. Lo que no se ha querido reconocer en este primer planteamiento, es la capacidad de controlar, ahorrar, reusar y/o reciclar estos volúmenes de materiales. Con sólo esta posibilidad surge una respuesta potencial al problema.

Seguidamente, debe reconocerse que el crecimiento rápido de la generación de desechos ha sobrepasado la capacidad de atención de las autoridades responsables de la sanidad, limpieza y mantenimiento de las ciudades, es decir, de las municipalidades. Además, las crisis económicas y la necesidad de reducción del gasto público afecta con particularidad los presupuestos municipales que le impiden mejorar el sistema o ampliar la cobertura de atención. También la dificultad estructural con que operan los municipios, así como la falta de recursos disponibles a estas tareas debilita aún más el servicio y su calidad.

Generalmente, los elevados costos de operación al prestar estos servicios, no por lo caro, sino por la deficiencia e ineficacia con que operan, así como la actitud impasible de la población ahondan más el conflicto. En algunos países de América Latina, la cobertura de los servicios de recolección y transporte de residuos sólidos alcanza el 70 por ciento. Entre tanto en Managua sólo llega al 40 por ciento, mientras la urbe crece aceleradamente. Adicionalmente, la falta de sitios donde depositar ha llevado a la saturación de los vertederos existentes, así como la elevación de costos de operación por las distancias que hay que recorrer. En términos financieros, los costos por recolectar una tonelada de basura son alrededor de 20 a 25 dólares la tonelada, sin incluir el mantenimiento del relleno, transporte y otros gastos.

Así pues, mientras más detallemos, más grande es el problema y como se puede analizar, las municipalidades no pueden solas. A esto hay que agregar la falta de educación ecológica de la ciudadanía, propiciando más desorden y evidencia en la gravedad del caso.

Por lo tanto, la respuesta más acertada en estas circunstancias es la descentralización y la privatización de los servicios. Continuando con el modelo que en manos privadas se mejoraría el servicio, reduciría costos y convertiría el sistema en una industria altamente rentable como importante en términos de sostenibilidad ambiental. También ayuda mucho hacer efectiva una alianza estratégica de los agentes involucrados tales como población, autoridad municipal y otras pertinentes, sector comercio-servicios y la gran industria.

No obstante, para poder hacer positivo como legítimo el concepto de privatización, se pueden desarrollar programas de formación de microempresas de acumulación con el fin de bien formar, involucrar y generar empleos masivos en la industria. Ello consecuentemente aportaría ingresos y alivio en la calidad de vida de muchos pobladores. Esto es factible en la primera fase del sistema: prevención, recolección y clasificación de materiales. En base a datos elaborados personalmente y fijados de acuerdo a experiencias y sistemas implementados en otros países como Panamá, sostengo que se puede formar una estructura de costos e ingresos en estas actividades con rentabilidad aceptable para el sector.

Una segunda etapa podría incluir el reciclaje o tratamiento de los materiales, según su naturaleza, y dividir el destino y las operaciones en dos ramas: primero en aprovechables vía reciclaje, lo que competería a la gran industria como el caso de los metales, vidrios, el polietileno de alta y baja densidad y el polipropileno. Aunque con el paso del tiempo, la pequeña empresa puede obtener apoyo y desarrollar esta fase. La segunda rama son los materiales aprovechables vía tratamientos de transformación física como la incineración y degradación bioquímica, tal es el caso de la producción de abonos orgánicos para la fabricación de humus.

Con esto pues, se pueden desarrollar sistemas privados de recolección, tratamiento y reciclaje de los desechos sólidos y a la vez solucionar el problema de desempleo. Es decir, que se daría respuesta a los problemas económicos-sociales, de sanidad y limpieza, así como de sostenibilidad ambiental. Está en manos de las autoridades apoyar estas iniciativas, que estoy seguro ya están surgiendo en muchos sitios, pero que aún carecen de organización, sistematización, tecnología y un programa de trabajo bien definido. Con una buena planificación que incluya una integración de la industria, la solución se convertiría en la panakeia de la gestión municipal, y así dejaríamos de padecer ese espantoso mal que alude la locución que titula este ensayo.

* Economista.  

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