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El reino de los cielos en la Tierra: Generación de riqueza y salvación divina

Mauricio Peralta Mayorga*

Roman, Times, serif”>Opinión económica

El reino de los cielos en la Tierra: Generación de riqueza y salvación divina

Mauricio Peralta Mayorga*

“El católico va a la iglesia. El protestante va a trabajar. El católico santifica el domingo. El protestante santifica el día de labor. El católico se hace monje, se retira al convento y se ejercita en la práctica del ascetismo. El protestante se convierte en un adicto al trabajo, desarrolla su carrera y practica el ahorro. Los santos de la Iglesia Católica viven en el reino de los cielos e interceden ante Dios por los habitantes de la Tierra. Los santos del protestantismo habitan este mundo y fundan empresas multinacionales en el transcurso de una generación. Si peca, el católico dispone de la confesión. El protestante tiene un montón de deudas y ninguna confesión. Debe trabajar”.

Con estas aleccionadoras palabras, inicia la autora alemana Cristiane Zschirnt, su estudio sobre Max Weber y su obra: “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, en su último trabajo titulado: “Libros. Todo lo que hay que leer”, colocando a la religión, al igual que lo han hecho otros estudiosos del tema, como una de las causas principales, en las diferencias de crecimiento económico entre las naciones.

Max Weber introduce nexos de causa y efecto, entre el protestantismo y el florecimiento del capitalismo, en los Países Bajos y en el Reino Unido, en el siglo XVII, al mismo tiempo que destaca la decadencia del reino de la España Católica, en esa misma época. Incluso va más allá, al señalar que el hombre de negocios del siglo XX fue producto de las enseñanzas del reformador protestante Juan Calvino, para el cual el trabajo, era sinónimo de servicio del Señor en la tierra. “Hazte rico para Dios, pero no para llevar una vida lujosa”, era una de las prescripciones puritanas de su tiempo.

Zschirnt, en su obra, nos ilustra también acerca de los pensamientos de Calvino en torno a la predestinación. En este sentido se creía que el hombre estaba inexorablemente predestinado a la vida eterna o al castigo divino, después de su vida terrenal. Como es de suponer, esta teoría dejaba al ser humano, en una posición de indefensión total respecto a su redención o a su eterna condena.

Con el objetivo de no caer en el letargo de la desesperanza existencial, que esta teoría podría provocar; los sucesores de Calvino, esgrimieron argumentos, en el sentido de colocar, el trabajo arduo y la frugalidad de la vida, como signos en la tierra, de nuestra salvación en los cielos. De esta manera, el trabajo diario debía convertirse en un estilo de vida, monástico, que luego definiría Weber como “ascetismo intramundano”, siendo los rígidos horarios laborales impuestos a raíz de la discusión de estos temas, parte de esta concepción religiosa. Convirtiéndose nuestra diaria labor, en una especie de vida monacal, en un convento llamado empresa.

La profesión se convirtió de esta manera, en la prueba irrefutable de la gracia divina. Se consideraba como la más firme y definitiva calificación moral del individuo. Era el éxito o el fracaso económico, en la tierra, lo que determinaba nuestra posición, en relación a las recompensas o castigos recibidos desde el Cielo. Es así como la acumulación de riqueza, producto del trabajo honesto y de una vida caracterizada por la sobriedad en el consumo, no fue estigmatizada como pecaminosa, desapareciendo cualquier vestigio de remordimiento, a causa de ella.

Como consecuencia de entender la salvación divina de esta manera, se desarrolló la cultura del ahorro y la reinversión de utilidades, lo que provocó la aparición de las primeras factorías del siglo XVIII, de las fábricas de producción en línea, del siglo XIX, de los conglomerados o llamados “clusters” del siglo XX y de las e-business, del siglo XXI.

Fue así como, a partir de una convicción religiosa, se creó el “espíritu capitalista”, en su más amplia y verdadera acepción, fomentando la práctica diaria de virtudes personales, tales como el trabajo tenaz, sobriedad en el disfrute de los placeres terrenales, comportamiento calculado y apertura a los cambios del entorno. Virtudes que fueron las claves en el éxito económico de personajes de la talla de John D. Rockefeller (padre de la industria del petróleo) o de Henry Ford (padre de la producción en línea del automóvil), para mencionar solamente a dos empresarios de antaño, que influyen aún, en cada día de nuestras vidas, gracias a sus emprendimientos visionarios de hace más de un siglo.

* El autor es economista y catedrático de la Universidad Thomas More

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