Los campesinos que no le temen a Daniel Ortega

Redacción Abierta | @RedaccionNi

Capítulo 1: Un pueblo sin miedo

El ‘Comandante 380’ abre su camisa para mostrar las cicatrices de una operación que le hicieron hace un mes para extirpar dos hernias que tenía en la parte baja de su abdomen. “Solo quiero recuperarme de esto para seguir luchando contra los sandinistas”, dice este hombre de 58 años de edad, el bigote negro, la piel oscurecida de 16 años de trabajo en una mina de oro artesanal.

El ‘Comandante 380’ tiene una casa de tres terrenos, una motocicleta y dos perros. Tiene una esposa, dos hijos y un amigo de confianza. Lo único que no tiene, “ni apenitas”, dice, es miedo al régimen del presidente Daniel Ortega y su esposa y vicepresidenta, Rosario Murillo, líderes del partido Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), que está en el poder de Nicaragua desde 2007.

El ‘Comandante 380’ se llama William López Olivares, pero es conocido con el mismo alias de Enrique Bermúdez Varela, fundador y líder de la guerrilla conocida como la Contra que en los años ochenta se enfrentó al Frente Sandinista –entonces un movimiento armado que derrocó en 1979 al dictador Anastasio Somoza Debayle– en una cruenta guerra que dejó al menos 50 mil muertos en ambos bandos. Bermúdez fue asesinado a tiros en las afueras de un hotel de Managua en 1991, un año después que los sandinistas perdieron el poder en las urnas y firmaron los acuerdos de paz.

En honor a Bermúdez, varios exguerrilleros se han puesto el seudónimo de ‘Comandante 380’. Uno de ellos es William López Olivares, quien vive sobre una calle alta del barrio Pancasán, en Santo Domingo, Chontales, en el centro de Nicaragua. Este es un municipio de 18 mil habitantes que nunca ha sido gobernado por el Frente Sandinista, que controla 137 de 153 alcaldías de todo el país. Es decir, este lugar es uno de 16 municipios que todavía están en poder de los opositores de Ortega.

López Olivares es un ciudadano que forma parte de una masa electoral que es antisandinista hasta el tuétano, y está esparcida en cuatro departamentos: Chontales, Jinotega, Boaco y la Región Autónoma del Caribe Sur. Esta región es la entraña del opositor férreo a Ortega y representa un 16% del electorado a nivel nacional, según un análisis realizado por REDACCIÓN ABIERTA con los resultados electorales publicados por el Consejo Supremo Electoral (CSE) entre 1990 y 2006. Estos comicios son catalogados como los más confiables de los últimos 30 años, ya que a partir de 2008 se han demostrado varios fraudes electorales que ha cometido el Frente Sandinista para cambiar los resultados.

El 70% de los electores de estos cuatro departamentos ha votado en contra de los sandinistas en las elecciones presidenciales, por lo que podría calificarse como el voto duro opositor a Ortega.

Muchos de estos lugares están alejados de la ciudad.

“Yo fui jefe del tranque de Santo Domingo”, dice López Olivares, refiriéndose a los bloqueos de carreteras que se colocaron en todo el país en 2018 para presionar al régimen Ortega-Murillo. Luego señala a su amigo César Palacios, otro opositor, y dice: “Que se lo diga él (Palacios), y cuantas veces quiera el Frente, yo le vuelvo a poner el tranque. Porque quiero que mi patria sea demócrata, queremos que se termine y desaparezca este partido comunista”, grita Palacios, unas palabras que en cualquier otro lugar dominado por el Frente Sandinista provocaría acoso, persecución y hasta cárcel. O muerte.

Mientras en otras zonas del país existe un estado policial de facto, que acosa a opositores e impide reuniones partidarias, en las calles de Santo Domingo las patrullas de Policía son escasas. Cuando avanzamos hacia una comunidad, a unos tres kilómetros del centro, una casa resalta porque tiene pintada la pared de color rojo sin mancha, con la propaganda de quien fue candidato a presidente en las elecciones de 2006 por el Partido Liberal Constitucionalista (PLC), José Rizo Castellón, quien falleció hace dos años. Mientras en toda Nicaragua, Ortega y Murillo han impuesto sus símbolos: los colores rojinegro o rosado chicha y las estructuras de metal nombrados como Árboles de la vida, en este paraje permanecen pintas opositoras desde hace 15 años.

Represión financiera

Santo Domingo es un pueblo minero, de calles que se elevan y descienden en la misma proporción, caracoleando una montaña que la pican las 24 horas al día para extraer oro. Desde unos 30 kilómetros antes de llegar al área urbana, al lado de la carretera, se pueden ver a varias personas levantando las manos para pedir un aventón, lo cual desnuda una de las carencias de este lugar: los buses no son suficientes para transportar hacia otros poblados cercanos con los que se tiene comercio.

En la Alcaldía de Santo Domingo, Harold Salazar, director de Adquisiciones, dice que en este pueblo los proyectos avanzan más lentos que en otros municipios del país. Por ser un pueblo opositor, el gobierno central asigna menos recursos cada año. “No solo existe la represión física que anda haciendo el gobierno a través de las fuerzas armadas: policías y paramilitares, sino que existe la represión financiera a la municipalidades que son de oposición”, dice Salazar.

De los 21 millones de córdobas que esta Alcaldía tenía asignado cuando asumió la nueva administración en 2018, según la Ley 466 de Transferencias Municipales, ha pasado a tener asignado solamente 4.7 millones de córdobas, un recorte de un 340%. El ejecutivo les ha recortado, además, el impuesto que paga la empresa minera por la extracción de oro. “Nos quitaron el presupuesto. Con eso no es que le hacen daño al alcalde, sino que le hacen daño a las comunidades”, dice Salazar, quien calcula que en estos tres años la comuna ha dejado de percibir unos 54 millones de córdobas.

Al cercenar el presupuesto, se han eliminado proyectos de mejoras de caminos, construcción de escuelas y centros de salud. Salazar dice que lo que han hecho es trabajar con creatividad: hacen los proyectos, pero se demoran cuatro veces más de lo normal. Por ejemplo, un camino que lo construirían en un año, ahora lo construyen en cuatro años.

La alcaldía de Santo Domingo está en manos del PLC, a la cabeza de Mauricio Martínez, el alcalde. La victoria se logró, según Salazar, también miembro del PLC desde hace 15 años, por una unidad que hubo entre las fuerzas opositoras del pueblo: los conservadores, miembros del Frente Democrático Nicaragüense (FDN), gremiales de la minería artesanal, entre otros. “Nosotros nos llamamos liberales, pero no somos arnoldistas (en referencia al expresidente de Nicaragua y caudillo del PLC, Arnoldo Alemán)”, dice Salazar, quien agrega que “los santodomingueños hemos depuesto los intereses personales, por los intereses del municipio”.

Unas horas antes, el hijo del ‘Comandante 380’, Clever Bladimir López Espinoza, de 21 años de edad, encargado del área ambiental de la Alcaldía y miembro como su padre del FDN, dijo algo parecido: “Aquí han pasado alcaldes de todos los partidos y todos los colores, porque siempre nos hemos unidos para que no ganen los terroristas del Frente Sandinista”.

Ortega como minoría política en el norte

Tomamos la carretera con los papeles de los resultados de las elecciones de entre 1990 y 2006, con los cuales filtramos los datos de los municipios más opositores al FSLN. El resultado fueron 14 municipios de la Región Autónoma del Caribe Sur, el centro y el norte de Nicaragua, donde el partido de Ortega obtuvo entre el 8.54% y el 37.6% de los votos, como máximo.

La primera ciudad que visitamos fue Nueva Guinea, ubicada a 268 kilómetros de la capital, en el Caribe Sur, pero que para las elecciones sus votos se incluyen en el departamento de Chontales. Hasta las elecciones de 2006, este municipio estaba dominado por partidos opositores. El máximo porcentaje de votos que obtuvo el Frente Sandinista en esos 16 años fue del 23%. Ahí nos internamos en las comunidades de Talolinga y El Guayabo para buscar el sentir en esas tierras lejanas.

Luego, regresamos 95 kilómetros hasta el pueblo de Santo Tomás, Chontales, donde el Frente Sandinista entre 1990 y 2006 nunca obtuvo más del 37.6% de los votos, pero que desde hace dos períodos está dominado por este partido.

El siguiente fue Santo Domingo, un pueblo minero, también de Chontales, donde pese a los fraudes electorales, los opositores siguen gobernando en este lugar, con todo y las represalias que eso significa. Para llegar ahí tuvimos que trasladarnos 36 kilómetros.

Una situación parecida se vive en Pantasma, a 255 kilómetros de Santo Domingo, en la zona norte del país, ubicado en el departamento de Jinotega, donde terminamos este recorrido. Es un pueblo marcado por la guerra de los años 80, donde se han registrado los asesinatos de varios rearmados que se han declarado abiertamente opositores.

Fueron unos 700 kilómetros, atravesando comunidades, alcaldías opositoras y hablando con campesinos y políticos. Los que posiblemente sean los más duros contra el Frente Sandinista. Donde Daniel Ortega y Rosario Murillo son minoría política.

Muerte en “el Corredor de la Contra”

Dios es la única razón que Teódulo Contreras Pérez encuentra para explicar por qué el Frente Sandinista no lo ha podido asesinar en siete oportunidades. La primera fue el 20 de julio de 1979, un día después del triunfo sandinista contra la dictadura de Somoza, cuando fue citado por guerrilleros porque él trabajaba para un alcalde somocista del departamento de Jinotega, al norte de Nicaragua. “Desde ese momento soy antisandinista”, dice Teódulo, quien cuenta que minutos después fue liberado.

Este señor de 73 años de edad, que ya camina encorvado, vive en una finca en las afueras del pueblo de Santa María de Pantasma, a unos 220 kilómetros de la capital, en las montañas de Jinotega, un lugar que fue bastión de la Contra en los años 80, y junto a otros municipios como el Cuá, Wiwilí y Bocay fueron conocidos como “el Corredor de la Contra”.

Los organismos de derechos humanos y medios de comunicación han reportado que unos seis exmiembros de esta guerrilla han sido ejecutados desde 1990 en Pantasma, pero el caso más sonado es el del 21 de enero de 2015, cuando estalló una bomba dentro de una mochila que asesinó a dos miembros de un grupo que había tomado de nuevo las armas para combatir a los sandinista. Según los testigos de la comunidad de El Portal, donde ocurrió la explosión, ese día también ejecutaron al campesino Modesto Duarte, un civil que tras el estallido salió auxiliar a los heridos.

La histórica persecución militar contra los campesinos de Pantasma es una de las razones que repiten más los que se oponen a Ortega en estas tierras. En el caso de Teódulo, lo empezaron a perseguir luego de que refugió en su casa al rearmado Gabriel Garmendia Gutiérrez, conocido como ‘Comandante Yahob’, quien murió asesinado el 14 de febrero de 2011. “Estuvo en mi casa Yahob unas semanas antes de que lo asesinaran. Se dieron cuenta que yo lo protegía”; dice Teódulo.

En todos estos años, Teódulo ha estado cerca de varios Contras o rearmados que han sido asesinados, como el ‘Comandante Flaco’, ‘Gerardo Gutiérrez’ y ‘Sereno’, quien murió con la mochila bomba, y el ‘comandante Mexicano’, ejecutado en su casa

– ¿A usted no le da miedo? –le pregunto a Teódulo.

­–El miedo es natural–responde, y agrega: –Yo me voy a morir cuando Dios quiera. Yo no le he hecho nada a nadie, y simplemente porque soy opositor y no soy gobiernista, si por eso me van a matar…

“Los sandinistas no han podido robarse las elecciones”

A inicios de los años 80, a Pantasma llegó un hombre de Managua, llamado Carlos Barquero, como secretario político del Frente Sandinista en el municipio. Era un capitalino, ajeno a la realidad campesina, que tenía como misión aplacar a los alzados en armas contra el sandinismo en aquella época. Aquí se cuenta, por todos lados, sus torturas y ejecuciones a campesinos, quienes eran sepultados en fosas comunes. Un informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), desde 1981, documentó algunos de estos crímenes.

“Carlos Barquero hizo asesinatos atroces en este municipio: los campesinos se perdían y aquí había hasta una huesera (fosa común), que los traían a enterrar de otros municipios”, dice Marvin Zamora, un poblador de Pantasma que luego de ver aquel horror se metió a la Contra. “Entonces se levantó la resistencia gruesa aquí. La mayoría de las personas, desde ese entonces, eran reaccionarios al Frente Sandinista”, agrega Zamora.

Teódulo recuerda a Barquero como “un sicario que mató a familias enteras, como si se estuviera comiendo dulces”. Fue entonces que en octubre de 1983, Luis Moreno, conocido como ‘Mike Lima’ en la Contra, se tomó el pueblo con unos 400 hombres armados, y expulsó por unos días a los sandinistas. ‘Mike Lima’ fue recibido en Pantasma como “un liberador”, según los testigos que todavía quedan en el lugar. Ahora, desde Estados Unidos, Lima dice que después de tomarse Pantasma, “todos los hombres en edad combativa (unos 300) se fueron con nosotros a la Contra, porque había un odio contra los sandinistas en Pantasma”.

Para llegar a Pantasma se atraviesan unos últimos 30 kilómetros de carretera de asfalto, en buen estado, pero angosta, que bordea cerros y montañas, en donde se maneja literalmente al borde del precipicio. El día que llegamos, a dos kilómetros antes de llegar al área urbana, miramos que un camioncito comercial se había precipitado en un guindo, y unos rescatistas intentaban sacarlo.

Los caminos son importantes para los habitantes de Pantasma, pues estos permiten sacar la producción de granos: maíz, frijoles y café, y ganadería, que es su principal actividad económica. “Nosotros hemos abierto unos 600 kilómetros en vías de acceso a este municipio, y eso el pueblo lo ha visto, lo valora”, dice Marvin Zamora Peralta, trabajador de la Alcaldía, lo que considera clave para mantener el poder opositor en Pantasma.

La alcaldía de Pantasma está dirigida por Óscar Gadea Tinoco, del partido opositor Ciudadanos Por la Libertad (CXL). Al igual que Santo Tomás, este lugar nunca ha sido gobernado por el Frente Sandinista, y por eso también vive un castigo financiero de parte del gobierno central. No obstante, el deseo del FSLN por controlar esta alcaldía se mostró en las últimas elecciones de 2017, al querer cambiar los resultados. “Pero el pueblo no se las dejó pasar y había más de cuatro mil personas en las calles, ya dispuestos…Creo que hubiera sido una lucha sangrienta ese día, gracias a Dios, nos encomendamos y salimos bien”, dice Marvin Zamora.

– ¿Cómo está el ánimo para las próximas elecciones presidenciales de este año? –le preguntó a Zamora.

–Estamos esperando la unidad, porque sin la unidad, no vamos a hacer nada, vamos a seguir en los mismo…En este pueblo hay algunas organizaciones políticas, pero estamos esperando la unidad completa. No importa que si vamos en el PLC, CXL, e incluso, yo he dicho, que si la unidad va con el Movimiento Renovador Sandinista (Ahora UNAMOS), ahí vamos a ir nosotros, pero que se mire la unidad –dice Zamora, quien en teoría pertenece al CXL, la agrupación política engendrada por el excandidato presidencial Eduardo Montealegre, y ahora dirigida por Kitty Monterrey, una política señalada de entorpecer la deseada unidad opositora de cara a las elecciones de noviembre de 2021.

– ¿Y si no se logra la unidad?

–Vamos a tener Frente Sandinista para rato, por mucho tiempo…

Por la tarde, Teódulo en su casa, una finca abierta donde han instalado una escuela provisional, cuya estructura el Ministerio de Educación (Mined) está remodelando en otro lugar, explica que en este municipio los pobladores son “liberales, de derecha”, pero que no tienen un partido político único. “Aquí hemos apoyado al PLC, al Movimiento Vamos con Eduardo, a CXL, que ahora nos dieron una puñalada postulando a Arturo Cruz como candidato a la presidencia… Cruz, que es un sandinista recalcitrante, para mí es una puñalada, una traición”, dice Teódulo, mientras arrea a unas vacas que se quieren meter a un aula de clases. Unas voces de opositores que poco escuchan en las oficinas centrales de estas agrupaciones políticas aludidas.

Capítulo 2: Una escuela rebelde

A las tres de la tarde los rayos de sol se filtran por los lugares más cubiertos de la comunidad de Talolinga, a una hora en una camioneta doble tracción desde el pueblo de Nueva Guinea, en el Caribe Sur de Nicaragua, a casi 300 kilómetros de Managua. Al fondo de un terreno abierto, entre árboles de chagüite y el gruñido de los cerdos, el profesor Omar Salmerón termina de explicar unos ejercicios de matemáticas.

“Esta tarea la vamos a retomar el próximo día”, dice Salmerón a unos 10 alumnos, sentados en unos pupitres de una aula de clases que está a medio construir con concreto, donde solo están los marcos de las puertas y ventanas, con unas sábanas que intentan tapar un poco el sol y sirven de división de otro salón de clases, donde una maestra imparte la asignatura de español.

Omar Salmerón, de 35 años de edad, es hijo de una familia fundadora de Talolinga. Fue de la primera generación que en 2002 se bachilleró en la escuela pública que lleva el nombre de su tío, Rafael Antonio Salmerón Barrera. Fue el mejor bachiller de su generación y diez años más tarde, fue calificado como uno de los mejores maestros de primaria de todo el país, según el propio Ministerio de Educación. Ninguna de esas credenciales fueron suficientes para evitar que fuera despedido de forma inmediata el 30 de mayo de 2018, después que las autoridades de su colegio se enteraran de que apoyó a los tranques y organizó marchas contra el régimen de Ortega.

“Me despidieron como represalia”, dice Salmerón, quien nació en una familia de políticos opositores: su abuelo y su padre fueron alcaldes del pueblo, y él siempre ha sido activista y ha estado involucrado en partidos políticos, más en concreto en el PLC. “Yo nunca me he callado de los crímenes que comete el Frente Sandinista”, agrega.

Al enterarse del despido del profesor Salmerón, los padres de familias de la escuela organizaron protestas para pedir su reintegración. Hicieron marchas, incluso, en el pueblo de Nueva Guinea, a unos 30 kilómetros de esta comunidad. Hay fotos y videos de cuando marcharon, entregaron cartas al Mined e iban a las radios locales para denunciar el despido. Pero la decisión no se pudo revertir.

Era finales de 2018. Hacía meses había estallado el país y se vivía un “fervor patriótico”, dice Salmerón, moreno, de anteojos, seguro de lo que dice. Entonces, fue cuando varios padres de familias dejaron de enviar a sus hijos a la escuela pública, como gesto de protesta.

El profesor se comenzó a movilizar con una oenegé de Bélgica, que trabaja en temas de educación, e improvisó una escuela de reforzamiento para los 17 alumnos del colegio público que se salieron del sexto grado que tenía a cargo. Otros niños también dejaron de ir al colegio y rápidamente tuvieron que organizar grupos de maestros para que pudieran recibir clases.

Como solamente faltaban dos meses para terminar el año escolar, entonces trasladaron a los niños a un colegio privado en Nueva Guinea. Los padres decidieron pagar los dos meses de mensualidad, cuando en la pública era gratis, mientras el profesor Salmerón consiguió el transporte para trasladarlos. Durante dos meses salían a las cinco de la mañana de Talolinga para poder estar a tiempo en las clases de las siete de la mañana en la ciudad. Regresaban ya entradas las cuatro de la tarde al pueblo, viajando por el mismo camino que cruzamos para llegar hasta aquí, repleto de piedras, baches y pequeñas lagunas de agua sucia. Un trayecto tortuoso que de los rebotes deja dolores en la nuca por algunos días. Al final lograron promocionarse los 17 estudiantes y otros ascendieron de grado.

Al año siguiente, el número de alumnos ascendió a 35, y se habilitó partes de una casa para que funcionara como salones de clases. También se amplió el equipo de maestros que trabajaban con Salmerón. El 2019 fue un año de crecimiento en la escuela y se consolidó el proyecto de construir un colegio rural. Para 2020 el profesor ya tenía planes, diseños de la infraestructura, pero la pandemia de coronavirus en marzo lo frenó en seco, como casi cualquier plan que había en el mundo. Las clases se suspendieron por seis meses y las reanudaron en agosto.

“Este año no estaba seguro de continuar, porque no me gusta que los niños no tengan boletín y se atrasen todo este tiempo”, dice Salmerón, quien reunió a los padres y les dijo que ya habían demostrado su rechazo en estos tres años, pero que los niños no pueden detenerse por más tiempo. “Pero los padres me dijeron que si ya iniciamos la lucha, no se iban a detener, ni tampoco se humillarían a regresar a la escuela pública”, dice el profesor, mientras acomoda los libros que ocupan los 25 alumnos de esta escuela rebelde.

Municipios arrebatados

Hasta 2008, Nueva Guinea, un municipio de 40 mil habitantes, había sido gobernada por partidos opositores. Fue ese año que se denunció un fraude electoral para traspasar el mando al Frente Sandinista. “Fue el fraude más descarado”, dice Elba Rivera, hija de fundadores de Nueva Guinea y directora de la Escuela Montessori Jan Amos Comenius en un lugar conocido como La Montañita. “Se votó normal, pero fueron contados en la Universidad de las Regiones Autónomas de la Costa Caribe Nicaragüense (URACCAN) donde la candidata del Frente Sandinista (Claribel Castillo) era la rectora”, dice Rivera, y explica que hubo una alteración de votos, como por ejemplo, si en una Junta Receptora de Votos (JRV) el FSLN había sacado 10 votos, ellos le ponían otro 0 al final para que se contabilizaran 100.

Por ese fraude, parte de los ciudadanos protestaron y la Policía echó presos a 50 de ellos. “Los golpearon, hirieron a varios. Ahí se miró que les hacían torturas sexuales, que los ponían desnudos, con las piernas abiertas a los hombres, les tocaban sus partes, a las mujeres también. Se miró ahí, por primera vez, ese tipo de torturas”, agrega Rivera, que desde ese momento dice que “tenemos un alcalde impuesto por el FSLN”.

Además de profesora, Elba Rivera es ecologista. Fue por eso que se integró al Movimiento Campesino que se opuso al proyecto del Canal Interoceánico que Ortega prometió construir en Nicaragua en 2014, con el que pretendía expropiar las tierras de la ruta canalera por medio de una Ley, la 840, que todavía está vigente. “La ruta fue escogida porque en Nueva Guinea la mayoría de la población es liberal, y porque está la reserva de Indio Maíz y hay muchas tierras que no tienen títulos”, dice Rivera.

El Movimiento Campesino fue beligerante en su lucha contra el Canal, organizando casi 100 marchas en la ruta, e incluso en Managua, la capital. De ahí surgieron varios campesinos líderes, como Francisca Ramírez y Medardo Mairena, ambos de la comunidad de La Fonseca, en Nueva Guinea. “El campesinado ha sido un dolor de cabeza para los sandinistas, entonces es como una plaga que quiere erradicar”, dice Rivera.

El campesino sin tierra no existe. Tienen una conexión vital con ella. De la tierra sacan sus cultivos, crían ganado. Sus tierras los hacen libres, porque son sus propios jefes. Viven de lo que produce su tierra, sin depender de un empleo que les dé un salario. Es dueño de lo que tiene. Su mundo es la tierra y no necesitan otro mundo.

– ¿Cree que haya un cambio con las elecciones de este año? –le pregunto a Rivera.

–Eso no existe. Aquí sentimos que nunca habrá elecciones libres…Pero también la gente quiere votar. Lo que tenemos esperanza es que a nivel internacional y que el liderazgo nacional logre que se pueda ir a votar –dice Rivera, y agrega: – queremos votar porque no queremos heredar una dictadura a nuestros hijos, sería irresponsable. Nadie quiere una segunda Venezuela o una segunda Cuba. Es doloroso vivir en esos sistemas, porque la democracia tiene sus peros, pero en comparación con esto, nadie en sus cinco sentidos apoya esto.

“Si hay unidad, vamos”

A 95 kilómetros de Nueva Guinea se encuentra el municipio de Santo Tomás, donde se vive una situación parecida: históricamente su pobladores han votado en más del 70% en contra del FSLN, pero desde hace dos períodos está en manos de este partido, porque según dicen los políticos de la zona, los sandinistas cometieron fraudes electoral en las elecciones.

Sobre una meseta, camina Hilario Vargas entre sus cultivos, en una comunidad rural, a pocos kilómetros del casco urbano. Vargas fue alcalde de Santo Tomás en 1990, y luego fue candidato a vicealcalde en las elecciones de 2008 con la Alianza por la República (APRE) y en 2012 con el Partido Liberal Independiente (PLI). “Nosotros ganamos las elecciones, pero el PLC con el Frente hicieron un pacto para darle la alcaldía al FSLN”, dice Vargas, quien afirma que el partido de Ortega tiene apenas un 16 por ciento de los votos en este municipio.

– ¿Ya está retirado de la vida política? –le pregunto a Vargas.

–No, pero estoy en la misma posición que la mayoría: si hay unidad, vamos. Si no hay unidad, calculamos que un cinco% de la gente va a votar.

Vargas, de 70 años, es directivo municipal de CXL, pero “cuando nos reunimos les doy una zarandeada porque les digo que yo voy a empezar a trabajar hasta que haya la unidad”. Dice que espera que quiten a la presidenta del partido Kitty Monterrey, “porque cada vez que habla recibe una tormenta de críticas: de cada 60 comentarios, dos hablan a favor, y 58 en contra, con todo tipo de epítetos y barbaridades”.

Vargas usa una gorra para el sol, una camisa remangada, pantalón holgado y unas botas de hule. Habla bajo pero con un tono que aparenta saberlo todo.

– ¿Cree que la unidad es suficiente?

–Con solo que vaya el PLC y CXL separados, estamos muertos…con solo eso. Y lo que es más: si los imbéciles, solo ellos dos se unieran, son suficientes. ¿Pero qué te dicen? Ah no, es que la María Haydee Ozuna (del PLC) es del FSLN y que la Kitty Monterrey del CXL también es del Frente, y en esa mierda pasamos… Que reformas electorales, liberación de presos políticos y cambios de magistrados en el CSE. Nada de eso va a dar Daniel Ortega. Juntémonos todos y vas a ver qué bonito y fácil es. 20 sandinistas contra 80 opositores no van a hacer nada en todo el país. Eso es todo.

Después de días de caminos, uno siente que por todos los puntos cardinales hay un rechazo hacia los partidos políticos. Al FSLN, por supuesto, pero también a los opositores. Recuerdo lo que dijo Clever López Espinoza, el hijo del comandante 380 de Santo Domingo: “La mayor fuerza de los sandinistas son los opositores vendidos”. Entonces cuando se habla de unidad no es necesariamente de los partidos políticos. Es del profesor y sus alumnos de la escuela de Talolinga, en Nueva Guinea, que ya tienen casi tres años de protestar con sus estudios. “Desgraciadamente las cúpulas de los partidos políticos no entienden que a nivel local la gente tiene una unidad de corazón”, dice Omar Salmerón, el profesor. La Nicaragua de las masacres, fraudes electorales y puñaladas políticas, ignora a los rebeldes del estudio. Habrá que ver quién los mira.

Este texto está publicado bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional.

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