El Toro Huaco: entre la leyenda y la fe

María Guadalupe se amarra el zapato, se acomoda las plumas del sombrero y se incorpora para salir corriendo. La misa pronto terminará y ella y los demás promesantes deberán abrirse paso para danzar mientras la enorme Sebastiana (campana de bronce que solo se toca en enero en Diriamba) está balanceándose en  la torre derecha de la Basílica Menor de San Sebastián, que luce pequeña ante el mar de gente que acude a la ciudad caraceña para conocer las diferentes manifestaciones folclóricas autóctonas.

El sacerdote culmina la eucaristía y de inmediato empiezan a “cantar” las marimbas, los tambores rezongan ante los fuertes golpes y los pitos reaccionan al recibir soplos de vida. Es 19 de enero y comienzan oficialmente las fiestas de San Sebastián. María Guadalupe toma fuerte su tahona, acomoda la máscara y empieza a marcar el un, dos, tres al ritmo del pitero, que va adelante, casi junto a la vaca, abriendo paso al Toro Huaco. Alrededor, los curiosos pelean a empujones para ver la danza que aglomera al grupo de promesantes que lucen  sus mejores trajes.

Fotógrafos aficionados y profesionales de todo el mundo se dan cita en busca de la mejor captura, pues la majestuosidad que las plumas de pavo real le confieren al bailante no permiten que este pase inadvertido. Con sus coloridas capas, estilizadas  máscaras con rasgos españoles, cueras o sobre botas que hacen juego con el resto del atuendo y sonar armónico del chischil de metal, hechizan a quienes le  hacen el corro.

El Toro Huaco encabeza las procesiones del santo mártir patrono de los diriambinos. Entra a la iglesia, saluda al santo y luego sale a las calles bajo la dirección del mandador, que dirige al grupo que va moviéndose de extremo a extremo con el típico ruuu agudizado por lo hueco de la máscara y ejecutando a la perfección el desplazamiento que simula el andar de una serpiente.

La máscara y el atavío sirven de coraza a hombres y mujeres, niños y niñas, cuya fe los ha llevado a prometer al santo pagar un favor recibido a través de la danza del Toro Huaco. El sincretismo de lo cultural y lo religioso, lo profano y lo sacro tiene su mejor expresión en las fiestas diriambinas.

No hay una fecha precisa que marque esta fusión entre la danza y la fe, no obstante, resulta interesante conocer la leyenda a la que se une el origen de este baile orgullo de Diriamba.

El cacaste

Cuando el asfalto no era ni siquiera una posibilidad remota y las hoy ciudades no eran más que caseríos o pequeñas villas, los “civilizadores” venidos de lejos gobernaban a los nativos siguiendo las leyes de España.

Al instaurarse el sistema colonial, los conquistadores despojaron a los autóctonos y concentraron el poder político, económico y social.

Según cuenta la leyenda, debido al sometimiento del que eran víctimas, los “indios” idearon mecanismos para enfrentar el sistema  y paliar los efectos nefastos del mismo.

Así, recurrieron al abigeato para saciar el apetito. En las noches, abrigados por la oscuridad, se ponían capas para protegerse del frío, cueras en las piernas para evitar las picaduras de serpientes y máscaras para no ser reconocidos. Con una tahona en la mano penetraban a los dominios de los españoles y destazaban las vacas, dejando solo los huesos.

No obstante, cuando había Luna Llena, por mucho que el hambre apretara, nadie salía a buscar reses, porque lo fantasmagórico se apoderaba de los caminos. Se decía que los huesos o cacastes de las vacas destazadas cobraban vida y embestían a quienes encontraban a su paso.

Si partimos de la leyenda, encontraremos el por qué el baile es encabezado por una armazón con cuernos que simula el esqueleto de una vaca.

Los símbolos

El escritor e investigador nicaragüense Edgard Escobar Barba, al referirse al Toro Huaco hizo énfasis en los símbolos que intervienen en la danza.

Empezó dimensionando al toro como la representación de la fuerza y la fertilidad, un animal al que se le admira por representar lo macho y lo viril, de ahí que el torero pide los testículos del animal cuando lo vence en el redondel.

Jimmy Mendienta. Cortesía

Asimismo, dijo que huaco en Suramérica y en Nicaragua hace alusión a un tesoro, pero que no necesariamente tiene que ver con riquezas materiales.

En cuanto a la danza, resaltó que es una de las primeras manifestaciones del ser humano para comunicarse entre sí y luego con sus dioses.

“El baile era una forma del lenguaje para transmitir las aventuras reales, místicas y religiosas que se realizaban bajo el sol nocturno. En este caso podríamos decir que el toro embiste porque es la fuerza de naturaleza que tiene que enfrentar el hombre”, señaló el escritor.

Además, resaltó que las máscaras en las tradiciones aborígenes eran representaciones de deidades y recordó que los chamanes para realizar sus rituales las usaban para entrar al otro mundo y presentarse ante sus dioses en nombre del pueblo, por lo tanto la máscara no solo ocultaba la identidad del individuo sino que su funcionalidad mítica era servir como puerta de entrada a una fiesta religiosa.

“Una danza guerrera”

El maestro de la danza folclórica nacional, Ronald Abud Vivas, antes de poner sobre las tablas la expresión cultural  del Toro Huaco se dedicó a investigar esta tradición de siglos.

Sus estudios lo han llevado a la conclusión de que es una danza guerrera, mágica y mística, una preparación al combate, una danza tribal a través de la que el aborigen en su astucia quiere enfrentar el peligro con la seguridad del éxito, por eso realizaba el ritual mágico.

Por otro lado, señaló que con la transculturización el ritual sufrió metamorfosis y así en vez del ídolo se venera al santo y en lugar del hechizo nace la promesa.

Jimmy Mendienta. Cortesía

Para Abud, huaco es lo fantasmagórico y lo del más allá y coincidió con la leyenda del cacaste.

“Esta leyenda pudo ser inventada para evitar que se robaran el ganado, sin embargo, la hipótesis de que es una danza guerrera se sustenta en que el baile va organizado en dos filas bajo el mando de un capitán y de dos mandadores, además el sonido gutural del ruuu es considerado como la contraseña de la guerra. La música es indígena: un tambor que llama a la guerra y un pito que encierra un lamento mágico”, señaló.

Asimismo, aclaró el por qué del atuendo que él utiliza para esta danza: “Del vestuario de la tradición solo retomo el sombrero con las plumas de pavo real porque simboliza a Quetzalcoalt, que es la serpiente emplumada, pues considero que si es una danza indígena no había pantalones ni tenis, mucho menos camisa a cuadros”.

Finalmente, Abud Vivas lamentó que muchos tergiversen el Toro Huaco y lo confundan con el Güegüense, algo que no tiene asidero pues las diferencias entre ambos son abismales.

“Se baila por promesas”

Tras siglos de tradición, hoy el Toro Huaco es el icono de las fiestas de San Sebastián.

Pedro Rafael Bermúdez, mejor conocido como Pepe, bailó 41 años el Toro Huaco y compartió que este baile se nutre de personas que “han recibido favores” de San Sebastián por lo que le pagan ejecutando esta danza, aunque también hay casos en los que son los padres los que la ofrecen.

Nuestro entrevistado fue el mandador del Toro Huaco y su función era dirigir las coreografías coordinándose con sus dos capitanes, quienes dirigen cada una de las filas.

Jimmy Mendieta. Cortesía

Dijo que esta danza consta de nueve coreografías en total, dos se ejecutan durante la procesión y las otras en las casas o las paradas.

Fiel a su génesis, el último día de las festividades se incorpora un décimo son llamado el de la matada de la vaca, que se da donde el mayordomo o dueño del baile.

“La matada de la vaca consiste en un ritual en el que se amarra la vaca a un poste y los bailantes la sortean hasta lograr descuartizar la tela que recubre la armazón. Cada uno se queda con una parte de la colcha como recuerdo, se quiebra el esqueleto y la cabeza se le entrega al mayordomo”, graficó.

Sin lugar a dudas, la magia de este baile pervive por los siglos de los siglos, basta con observar el ojo de las plumas de pavo real para imbuirnos en el mundo de ritmo, color y fe que encierra cada uno de los bailantes.

Y como bien diría Ronald Abud Vivas,  el Toro Huaco permanece en el corazón de los diriambinos como su orgullo y en el de los nicaragüenses como patrimonio digno de admiración.

Reportaje elaborado en 2013

Texto por Letzira Sevilla Bolaños

Fotografía cortesía Jimmy Mendieta

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